lunes, 1 de octubre de 2007

EDV 2 EL FIN DE LA SED

Enderal amanecía arropado nuevamente por el haz dorado de los rayos del Sol, al igual que lo habían hecho en los últimos 3 años. 3 años sin el descanso de las nubes, sin la dulce necesidad de la lluvia, que tanto echaban de menos.
El caudal del río Poyeya era mínimo, lo justo para abastacer las necesidades mínimas del pueblo, al cual apenas le quedaban riquezas que canjear con los mercaderes que habían pasado a lo largo del tiempo. La situación se tornaba oscura y sin alternativa.
Mindral salió de la casa, alzando la cabeza hacia el cielo, observando el mismo panorama que ayer, antes de ayer, y así hasta perderse en la memoria.
Recorrió su pueblo con la vista, viendo la desolación personificada. Su gente con la mínima ropa para abrigarse, los niños desalentados y sin ganas de jugar, los mayores con el mal humor de aquellos a quienes se les ha agotado la paciencia. Todo era silencio y aislamiento en la mala suerte de cada uno.
A Mindral le hervía la sangre cada vez que se repetía esta situación, día tras día.
A pesar de sus escasos 13 años, la situación perenne le había hecho forjar una mentalidad realista y madura de las circunstancias. Y hoy había decidido cambiar la situación, salvaría al pueblo.
Si dar explicaciones a sus conocidos, salió del pueblo por el camino que se dirigía a las montañas Khiningerd, unos montes escarpados donde el pueblo poco había andado. Les imponía.
A lo largo de 4 horas de ardua caminata, con un pequeño recipiente con agua, y con unas sandalias que hacía tiempo le estaban pequeñas, logró llegar al camino que surcaba entre dos montañas, como una grieta en medio de la tierra.
Quería encontrar algo que poder cazar con su arco artesanal y sus flechas. No tenía que ser algo grande, pues no se fiaba de sus armas ni de sus fuerzas para recorrer el camino de vuelta con una carga adicional.
La sombra de las laderas de la montaña le reconfortaban, si bien no debía perder de vista cualquier posible desprendimiento de alguna roca.
Y fue en una de esas rondas a las laderas cuando vió algo brillar. Estaba sobre un risco, y parecía grande.
La imaginación de Mindral lo llevó a encontrar una piedra preciosa gigante, algo con lo que poder comprar todo el agua y todas las cosas que su pueblo necesitara.
Con fija determinación, dejó el arco y el kajac en la pared y se dispuso a escalar hasta el risco.
La tarea no era fácil, si bien la ladera no era demasiado escarpada y las rocas estaban bien fijadas.
Cuando llegó le temblaban las piernas por el esfuerzo, y tenía sus delgadas manos y pies llenos de cortes. Pero había logrado llegar.
Ante él tenía lo que parecía un nido, con un único huevo ... un huevo enorme. Nunca había conocido uno de semejante tamaño. Y no iba a dejar escapar la oportunidad de cogerlo.
Fue al acercarse al nido cuando un violento viento se levantó de la nada y le impidió ver que ocurría.
Al cabo de un rato el viento cesó y pudo abrir los ojos. Observando un espectáculo que jamás olvidaría.
Frente a él se encontraba un majestuoso dragón blanco. Debía tener la altura de 4 hombres y al replegar las alas pudo observar lo amplia que eran. Su color era de un blanco marfil que reflejaba los rayos del sol como un espejo, como la cota de escamas de un caballero de leyenda, pero es que él estaba ante otra figura de leyenda. Sus patas gruesas y poderosas, al igual que su larga cola, la cual se removía a lo largo del risco, como un niño que se remueve en la cama buscando la posición para dormir.
Los ojos estaban fijos en él, se sentía observado y examinado, como si el dragón lo estuviera leyendo como quien lee un libro abierto. Y su mirada era dulce.
- Vaya, vaya, tengo un pequeño invitado.
- Per... Perdon, no vengo a hacerte ningún daño.
El dragón dejó caer una pequeña risa irónica.
- Menos mal, ya temía por mi vida y la de mi hijo.
Mindral, dándose cuenta de lo absurdo de su comentario, solo pudo ponerse más nervioso.
- Y bien pequeño, que es lo que te ha llevado a un lugar al que solo los que pueden volar vendrían.
- Yo ... había subido porque habia visto brillar algo.- Y con un temblor constante señaló el huevo.
-Ahh. Así que fue eso. ¿Y tanta era tu curiosidad que tenías que subir hasta aquí?
- No, no era necesidad. Mi pueblo está sediento y creí que era una piedra preciosa con la que poder salvar a mi pueblo.
- Cuanta valentía. Pues lo siento, pero mi huevo no está en venta.
- No, si yo no quería llevarme su huevo.
- Te creo. Y creo que te puedo ayudar. ¿Es tu mayor deseo el dejar de tener sed?
- Sí.- dijo Mindral con voz firme, casi rozando un grito de desesperación.
- ¿De verdad estás dispuesto a cualquier cosa con tal de dejar de tener sed?
Mindral seguí mirando al dragón, pensando en a qué podía referirse el dragón, pero su desesperación había tocado techo. - Sí. Estoy dispuesto a todo.-
- Entonces cierra los ojos, y concentrate en ese deseo.
Mindral no dudó un momento en cerrar los ojos y pensar en ese deseo, lo último que pensó mientras el dragón lo engullía.
- Ya no tendrás más sed, pequeño.- Dijo el dragón con un brillo en los ojos.

sábado, 22 de septiembre de 2007

EDV La vida del pirata

Los ojos fijos en el barco que perseguían, o les perseguían a ellos. Ya llevaban varias horas detenidos, en medio del angosto océano, sin moverse, no hacía viento en este cálido día.
El cielo estaba totalmente despejado, y el mar no hacía bravos movimientos, todo era calma.
Todo menos el latir de decenas de hombres, todos los corazones a un sólo tambor, todos esperando a que diera comienzo el desenlance, para bien o para mal.
Enfrente tenían al otro barco, al que abordarían, o que ellos abordarían, todo dependía del viento, mano del destino del que vaga entre las olas.
Podían sentir como otras tantas miradas le clavaban los ojos, enfrente, la situación era la misma.
Esta vez no había sido rápido el desenlace, no había tenido lugar una frenética persecución, un agresivo abordaje, gritos por doquier y muerte.
Ahora parecía que el mundo se había detenido. El ron ya no ahogaba las penas y ensalzaba las alegrías, ya todo era el barco.
Las frentes estaban llenas de sudor cuando el viento empezó a abrirse paso entre la calma, corría en la dirección idónea. Ellos serían los asaltantes, mas no hubo vítores. Enfrente tenían a un enemigo al que le había dado tiempo de planear la defensa o el ataque, como ellos habían hecho. No había estrategia que valiera, esto se iba a decidir por la maestría de la espada.
Mientras los barcos se aproximaban, nadie oyó un disparo de cañón, ambos se respetaban lo bastante como para desperdiciar un buen enfrentamiento de espadas.
Eran piratas, truanes, juerguistas e infractores de las leyes del hombre de la tierra; pero tenían su honor y su valía.
Empezaron a apreciar las caras de los enemigos, era como mirarse en un espejo. Iban a seguir así hasta que el otro rompiera en clamores. Mas nada ocurría.
Fue momentos antes del abordaje cuando alguien disparó una pistola que erró su tiro por la tensión que se cortaba en el ambiente. El capitán le recriminó y empezó a avivar a sus hombres, que gritaron como hienas deseosas de carne.
Ya todo volvió a ser como siempre, los gritos se desataron, los insultos surcaban las olas, y chocarron los cascos.
Como halcones que descienden en vertigoso vuelo, hombres llenos de harapos, cuya pretensión en conseguir un gran tesoro, para bebérselo, gastárselo en mujeres y enterrar lo que sobre, aterrizaron sobre los defensores, gato panza arriba, dispuestos a matar a todo lo que se acercara.
Las espadas sonaron con el chocar del metal, ya no había tiempo de medir al enemigo, estaba frente a tí, o tu lo matabas o el te mataba a tí, esa era la realidad de la batalla.
Fueron escasos instantes, o tal vez pasaron horas en la realidad, pero todo había acabado. El enemigo había muerto y estaba siendo desvalijado, eran piratas, con honor, pero piratas.
El navío fue vaciado en su interior y depositado en la panza del vencedor.
Los amigos muertos estaban siendo depositados en el lecho del mar.
Todo había terminado, ya solo quedaba volver a seguir con la vida del pirata.

viernes, 21 de septiembre de 2007

El fin de la batalla

El suelo rebosaba sangre por doquier, los cuerpos sin vida se perdían por el horizonte, las llamas se apagaban conforme se acercaba la noche.
El cuerpo seguía entumecido tras el fulgor de la batalla, y la mente comenzaba a asimilar los hechos que habían acaecido momentos antes, el velo comenzaba a desvanecerse.
Cuerpos mutilados a manos de zarpas y cortadas por el filo del metal; rostros desfigurados por el impacto del enemigo; seres carbonizados por el fuego de algún ser infernal, o el infernal era él.
Siguió caminando entre los cuerpos de aliados y enemigos, todos igual de muertos, todos igual de perdidos en el mundo, como perdidas eran las causas que los habían llevado a su fin.
Pensó donde andarían sus capitanes y mandamases, aquellos que habían iniciado todo aquello, y que habían estado en el campo de batalla, metiendo cizaña y provocando al enemigo, y dando ánimos a quienes los rodeaban, contagiando de falso entusiasmo al resto del ejército.
Pero cuando sonó la profunda trompeta que anunciaba el comienzo de la batalla, elos fueron los primeros en apartarse y dejar que unos desconocidos defendieran los ideales que ellos habían creado.
No dejó de pensar en lo estúpido de la batalla, donde los muertos eran los que perdían, y los ricos los que ganaban, ya estuvieran en un bando o en otro. Era como una pelea de perros, donde "disfrutar" y ves como tal juego no tiene consecuencias en tí... ya habrá otro perro.
Logró llegar hasta un pueblo cercano, arrasado por los hombres que les habían jurado protección, y se dirigió a la tienda que presidía el campamento, alta y noble, con brillantes colores, como si nada hubiera ocurrido.
Los presentes le seguían con la vista, y a escasos metros comenzaron a andar detrás de él. Con la mirada turbada no dirigió su semblante a nadie, su objetivo estaba claro, alguien debía dar explicaciones y asumir lo ocurrido.
Al entrar en la tienda vio a su glorioso capitán jactándose de los caídos, de la inutilidad de las tropas y de la estupidez de quienes habían perecido.
Sin mediar palabra, alzó la españa cubierta de desconocida sangre, que se había olvidado de limpiar y guardar, y asestó un golpe a la cabeza de su lider.
Para él ya todo fue oscuridad, algo le golpeó por detrás y se sintió atravesado.
Sentía caer... pero no caía solo.