Los ojos fijos en el barco que perseguían, o les perseguían a ellos. Ya llevaban varias horas detenidos, en medio del angosto océano, sin moverse, no hacía viento en este cálido día.
El cielo estaba totalmente despejado, y el mar no hacía bravos movimientos, todo era calma.
Todo menos el latir de decenas de hombres, todos los corazones a un sólo tambor, todos esperando a que diera comienzo el desenlance, para bien o para mal.
Enfrente tenían al otro barco, al que abordarían, o que ellos abordarían, todo dependía del viento, mano del destino del que vaga entre las olas.
Podían sentir como otras tantas miradas le clavaban los ojos, enfrente, la situación era la misma.
Esta vez no había sido rápido el desenlace, no había tenido lugar una frenética persecución, un agresivo abordaje, gritos por doquier y muerte.
Ahora parecía que el mundo se había detenido. El ron ya no ahogaba las penas y ensalzaba las alegrías, ya todo era el barco.
Las frentes estaban llenas de sudor cuando el viento empezó a abrirse paso entre la calma, corría en la dirección idónea. Ellos serían los asaltantes, mas no hubo vítores. Enfrente tenían a un enemigo al que le había dado tiempo de planear la defensa o el ataque, como ellos habían hecho. No había estrategia que valiera, esto se iba a decidir por la maestría de la espada.
Mientras los barcos se aproximaban, nadie oyó un disparo de cañón, ambos se respetaban lo bastante como para desperdiciar un buen enfrentamiento de espadas.
Eran piratas, truanes, juerguistas e infractores de las leyes del hombre de la tierra; pero tenían su honor y su valía.
Empezaron a apreciar las caras de los enemigos, era como mirarse en un espejo. Iban a seguir así hasta que el otro rompiera en clamores. Mas nada ocurría.
Fue momentos antes del abordaje cuando alguien disparó una pistola que erró su tiro por la tensión que se cortaba en el ambiente. El capitán le recriminó y empezó a avivar a sus hombres, que gritaron como hienas deseosas de carne.
Ya todo volvió a ser como siempre, los gritos se desataron, los insultos surcaban las olas, y chocarron los cascos.
Como halcones que descienden en vertigoso vuelo, hombres llenos de harapos, cuya pretensión en conseguir un gran tesoro, para bebérselo, gastárselo en mujeres y enterrar lo que sobre, aterrizaron sobre los defensores, gato panza arriba, dispuestos a matar a todo lo que se acercara.
Las espadas sonaron con el chocar del metal, ya no había tiempo de medir al enemigo, estaba frente a tí, o tu lo matabas o el te mataba a tí, esa era la realidad de la batalla.
Fueron escasos instantes, o tal vez pasaron horas en la realidad, pero todo había acabado. El enemigo había muerto y estaba siendo desvalijado, eran piratas, con honor, pero piratas.
El navío fue vaciado en su interior y depositado en la panza del vencedor.
Los amigos muertos estaban siendo depositados en el lecho del mar.
Todo había terminado, ya solo quedaba volver a seguir con la vida del pirata.