viernes, 21 de septiembre de 2007

El fin de la batalla

El suelo rebosaba sangre por doquier, los cuerpos sin vida se perdían por el horizonte, las llamas se apagaban conforme se acercaba la noche.
El cuerpo seguía entumecido tras el fulgor de la batalla, y la mente comenzaba a asimilar los hechos que habían acaecido momentos antes, el velo comenzaba a desvanecerse.
Cuerpos mutilados a manos de zarpas y cortadas por el filo del metal; rostros desfigurados por el impacto del enemigo; seres carbonizados por el fuego de algún ser infernal, o el infernal era él.
Siguió caminando entre los cuerpos de aliados y enemigos, todos igual de muertos, todos igual de perdidos en el mundo, como perdidas eran las causas que los habían llevado a su fin.
Pensó donde andarían sus capitanes y mandamases, aquellos que habían iniciado todo aquello, y que habían estado en el campo de batalla, metiendo cizaña y provocando al enemigo, y dando ánimos a quienes los rodeaban, contagiando de falso entusiasmo al resto del ejército.
Pero cuando sonó la profunda trompeta que anunciaba el comienzo de la batalla, elos fueron los primeros en apartarse y dejar que unos desconocidos defendieran los ideales que ellos habían creado.
No dejó de pensar en lo estúpido de la batalla, donde los muertos eran los que perdían, y los ricos los que ganaban, ya estuvieran en un bando o en otro. Era como una pelea de perros, donde "disfrutar" y ves como tal juego no tiene consecuencias en tí... ya habrá otro perro.
Logró llegar hasta un pueblo cercano, arrasado por los hombres que les habían jurado protección, y se dirigió a la tienda que presidía el campamento, alta y noble, con brillantes colores, como si nada hubiera ocurrido.
Los presentes le seguían con la vista, y a escasos metros comenzaron a andar detrás de él. Con la mirada turbada no dirigió su semblante a nadie, su objetivo estaba claro, alguien debía dar explicaciones y asumir lo ocurrido.
Al entrar en la tienda vio a su glorioso capitán jactándose de los caídos, de la inutilidad de las tropas y de la estupidez de quienes habían perecido.
Sin mediar palabra, alzó la españa cubierta de desconocida sangre, que se había olvidado de limpiar y guardar, y asestó un golpe a la cabeza de su lider.
Para él ya todo fue oscuridad, algo le golpeó por detrás y se sintió atravesado.
Sentía caer... pero no caía solo.

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